Esperar el camión, como si esperar el camión solo fuera esperar el camión. Y no esperar la muerte, o que la suerte también vaya media hora retrasada y se tope de una buena vez con él en forma de billete de lotería, o mejor aún, que una rubia de pelo enmarañado se siente a su lado y le pregunte qué horas son y de la nada comience una plática que continúe en algún café del centro, como en esas películas donde las rubias no llevan precisamente el pelo enmarañado, sino los labios rojos y un tono azul en la mirada.

…Toma un sorbo de café, el sabor es amargo, asqueroso y amargo, sin embargo sigue bebiéndolo, como sin embargo sigue levantándose a pesar de sí mismo. y ya no piensa en la rubia de pelo enmarañado que no existe, ni en el café amargo, solo piensa en Martha, mientras pasa la pluma por la libreta y garabatea una frase: “Miedo de tus ojos…” y así continua escribiendo algo de lo que seguramente dos o tres días después se avergonzará.

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